CAMALEÓN
El Avatar priista
La ex gobernadora de Yucatán,
Ivonne Ortega, asegura que en estos tiempos “es muy difícil ser priista”, quizá
se refiere al enorme desprestigio y rechazo que sufre la imagen del presidente
priista Enrique Peña Nieto, lo que colateralmente daña a su partido; sin
embargo, habrá que reconocerle optimismo pues con todo el enojo ciudadano en
contra doña Ivonne recorre el país presuntamente para conseguir la candidatura priista
a la presidencia de la república. Ese síndrome de desaliento partidista se
notó, aunque en circunstancias diferentes, en Jesús Murillo Karam cuando en
julio de 2000, en su carácter de presidente del Consejo Político del PRI, asumió
la derrota como señal de la necesaria
adecuación del PRI a las nuevas circunstancias. La presidenta en derrota Dulce
María Saury fue ratificada en el cargo por el presidente Zedillo.
Respecto a la experiencia
actual son diferentes las circunstancias porque en 2000 el PRI perdió la
elección presidencial pero aún gobernaba en 19 estados de la república
mexicana. Ahora está nuevamente en Los Pinos pero su cuota de gobernadores ha
reducido sensiblemente y entidades con elevado número de electores, Veracruz
por ejemplo, ya no figura en su inventario. El Partido hegemónico resistió la
derrota electoral en 2006 y como Ave Fénix resurgió en 2012; fue una gran
odisea venir de dos derrotas y alcanzar la victoria. Entonces, en el colmo del
entusiasmo se habló de “un nuevo PRI”, pero también en el esplendor del mal
fario quienes sirvieron para alimentar esa alegoría: Humberto Moreira, César
Duarte, Rodrigo Medina, Roberto Borge y Javier Duarte, todos sin excepción,
resultaron el non plus ultra de la corrupción, difícilmente en un script del
teatro de lo absurdo se hubiera imaginado trama tan decadente. Ahora Javier
Duarte de Ochoa es el paradigma de la corrupción en México, su imagen es la
antítesis de lo que México requiere para superar traumas históricos y seguir
adelante.
El Partido Revolucionario
Institucional es parte sustantiva en la historia de nuestro país, pocos de
nuestros avatares nacionales pudieran explicarse sin su presencia desde el
momento de su creación (enero de 1946), porque a su vez fue el producto de dos
organizaciones previas que cimentaron políticamente al país desde 1929, cuando
nace el Partido Nacional Revolucionario, y el Partido de la Revolución Mexicana
(1938). Partido hegemónico, el PRI fue el escenario de las alternancias políticas
en México, fue el conducto sexenal, vertical y horizontal, por el que transitaron
generaciones de políticos luchando y alternándose en el ejercicio del poder, en
los acomodos de un grupo por otro se producían los cambios sociales y
económicos.
Para armar esa enorme
estructura institucionalizada se requirió de individuos con sensibilidad para
comprender su entorno social, político y económico, así como para vislumbrar lo
que a México convenía. La etapa de creación de organizaciones obreras,
campesinas, burocráticas, políticas y empresariales guarda un acentuado valor
histórico, porque con el correr del tiempo formarían el andamiaje que sostuvo
el crecimiento y el progreso de México. La CTM, la CNC, la FSTSE, la CANACO, la
COPARMEX, fungieron como interlocutores colectivos y corporativos entre la
sociedad y el gobierno, a un ritmo impuesto según el estilo del Gran Tlatoani
investido como presidente de la república.
Sin embargo, las ataduras
atávicas imponían sus condicionantes: aún nos quedaba la manía casi congénita de
ver al poderoso como si fuera un ser excelso. Sin duda, aquello del decoro en
el desempeño de los cargos públicos es cierto, el político de alguna manera se
hacía respetar y era respetado, lejos de la lamentable percepción que ahora
despierta. Sobre si estaba exento de
prácticas corruptas, ese es otro cantar que al igual que el endiosamiento nos
viene de genética, transmitida desde la conquista, la colonia y el virreinato,
contra el cáncer de la corrupción hasta ahora nadie ha podido.
Y como el ejercicio del Poder
desgasta, el PRI está cosechando el enojo social ocasionado por las acciones de
sus gobiernos, el federal y muchos estatales. Porque, además, en su larga
existencia olvidó crear o sumar a sus filas líderes sociales auténticos que lo
rescataran de momentos difíciles como los que ahora enfrenta. Muestra muy clara
la tenemos en Veracruz en donde busca sin encontrar al relevo de Amadeo Flores
Espinosa al frente de su CDE porque el universo en donde esculca solo existen
cartas marcadas, que no representan cambio ni esperanza social, sino más de lo
mismo. Todo es resultado de largos años en el poder, principalmente los últimos
doce cuando fue secuestrado, salvo honrosas excepciones, por un grupo de
discípulos amaestrados en el arte del patrimonialismo político. ¿De ese
universo va a salir el nuevo presidente estatal priista? De ser así no habrá
diagnóstico erróneo si se vaticina la derrota total.
13-3n3ro-2017.
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