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viernes, 12 de abril de 2019

Los veneros que escrituró el diablo. EL PETRÓLEO: HISTORIAS AMARGAS. Quinta parte. Joel Hurtado Ramón

Los veneros que escrituró el diablo.

EL PETRÓLEO: HISTORIAS AMARGAS.

Quinta parte.

Joel Hurtado Ramón
John D. Rockefeller se encontraba en Cleveland, jugando una partida de golf con unos amigos, cuando llegó un office boy con la noticia del veredicto y la sentencia
Se interrumpió la partida para que Rockefeller pudiese rasgar el sobre enviado por sus abogados y leer el contenido en silencio. Cuando terminó de leerlo, guardó todo en uno de sus bolsillos, y volviéndose a sus compañeros comentó, invitadoramente: «Y bien, caballeros, ¿continuamos?». Pero uno de los circunstantes no pudo contenerse y le preguntó, ansioso, a cuánto ascendía la multa. Rockefeller se lo dijo y añadió, como pensando en voz alta:
—Después de muerto el juez Landis, pasará todavía mucho tiempo sin que esa multa llegue a pagarse.
Tenía razón: la Standard apeló y la decisión fue revocada. Pero el juicio más gordo todavía estaba por venir.
Esta vez el mismísimo gobierno federal se querelló con la Standard por múltiples y muy graves violaciones a la Ley Sherman, distintas al truco de los fletes ferroviarios rembolsables y «solo-para-Rockefeller».
La causa tenía entidad constitucional y eventualmente subió hasta la Corte Suprema. El veredicto hubo de demorarse porque en el curso del prolongado juicio murieron dos de los nueve magistrados cuyas plazas debieron ser llenadas antes de que, en 1909, la Standard fuese obligada por la Suprema Corte de los Estados Unidos a desagregarse, esto es, liquidar su estructura monopólica y «desconstituirse» en una verdadera pléyade de «pequeñas» Standard Oil Companies: la de New York, la de New Jersey, la de California, la de Ohio, la de Indiana, y así.
Fue un fallo histórico y una bendición para el negocio. Entre otras cosas, la liquidación del trust de la Standard trajo la posibilidad de que la innovación tecnológica jugase un papel decisivo en el negocio petrolero.
Paradójicamente, fue un equipo técnico de la Standard de Indiana el que impuso en poco tiempo el método del «craqueo», capaz de trasmutar gasoil en gasolina. El método de craqueo había sido desestimado por el antiguo monopolio Standard sencillamente porque los monopolios no tienen motivos para innovar. Al cabo de unos años, el pool de las Standards había casi multiplicado por diez sus beneficios.
Pero había sido presa de una fobia característica del negocio petrolero. Comenzó a identificar lugares donde, además de petróleo, no hubiesen jueces Landis, ni leyes Sherman, ni gente obcecada con la libre competencia como Ida Tarbell. La vocación transaccional del negocio petrolero se manifestó a los americanos bajo la forma del juicio de liquidación de la Standard.
La Gran Emigración —así la llaman algunos historiadores económicos— de la industria petrolera estadounidense tuvo su primera escala en México, donde había —y aún hay— muchísimo petróleo y un corrupto régimen dictatorial presidido por un senecto general amigo de los buenos negocios, Porfirio Díaz.
Allí dieron con un yacimiento descomunal, uno de cuyos pozos tiene nombre de película de Gabriel Figueroa: «Potrero del Llano # 4», el cual a pocos días de entrar en producción arrojaba 110.000 barriles diarios e hizo de México el segundo productor mundial de crudo en la primera década del siglo pasado.
Pero ya lo dijo Ambrose Bierce, antes de ser tragado por la montonera de Pancho Villa: «Un gringo en México, ¡qué gran manera de morir!». Muy pronto vino la Primera Revolución Zapatista y la cosa habría de ponerse turbia, muy turbia, durante las siguientes dos décadas.
Mudaron otra vez el negocio y esta vez el mejor indicio geofísico de que en Venezuela había petróleo fue el que la Royal Dutch Shell ya hubiese obtenido concesiones merced intermediarios locales.
También había un dictador, pero a diferencia de don Porfirio, Gómez era mucho más cómodo.
Enviaron a uno de sus mejores abogados, porque el negocio petrolero no lo empiezan los geólogos, sino los abogados. El «abogado-sonda» de Shell había sido un trinitario; el de los gringos era un chamo que hablaba un castellano aprendido en México (¿dónde más?) y traía la expresa instrucción de no procurarse intermediarios. Le ordenaron que más bien frecuentase el cubil de Gómez y se hiciese de un lote para él mismo. Aun faltaba mucho tiempo para que Chavez llegara a aguarles la fiesta.





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