Los veneros
que escrituró el diablo.
EL PETRÓLEO:
HISTORIAS AMARGAS.
Quinta parte.
Joel Hurtado
Ramón
John D. Rockefeller se encontraba en
Cleveland, jugando una partida de golf con unos amigos, cuando llegó un office
boy con la noticia del veredicto y la sentencia
Se interrumpió la partida para que
Rockefeller pudiese rasgar el sobre enviado por sus abogados y leer el
contenido en silencio. Cuando terminó de leerlo, guardó todo en uno de sus
bolsillos, y volviéndose a sus compañeros comentó, invitadoramente: «Y bien,
caballeros, ¿continuamos?». Pero uno de los circunstantes no pudo contenerse y
le preguntó, ansioso, a cuánto ascendía la multa. Rockefeller se lo dijo y
añadió, como pensando en voz alta:
—Después de muerto el juez Landis,
pasará todavía mucho tiempo sin que esa multa llegue a pagarse.
Tenía razón: la Standard apeló y la
decisión fue revocada. Pero el juicio más gordo todavía estaba por venir.
Esta vez el mismísimo gobierno federal
se querelló con la Standard
por múltiples y muy graves violaciones a la Ley Sherman , distintas
al truco de los fletes ferroviarios rembolsables y «solo-para-Rockefeller».
La causa tenía entidad constitucional
y eventualmente subió hasta la Corte Suprema. El veredicto hubo de demorarse
porque en el curso del prolongado juicio murieron dos de los nueve magistrados
cuyas plazas debieron ser llenadas antes de que, en 1909, la Standard fuese obligada
por la Suprema Corte
de los Estados Unidos a desagregarse, esto es, liquidar su estructura
monopólica y «desconstituirse» en una verdadera pléyade de «pequeñas» Standard
Oil Companies: la de New York, la de New Jersey, la de California, la de Ohio,
la de Indiana, y así.
Fue un fallo histórico y una bendición
para el negocio. Entre otras cosas, la liquidación del trust de la Standard trajo la
posibilidad de que la innovación tecnológica jugase un papel decisivo en el
negocio petrolero.
Paradójicamente, fue un equipo técnico
de la Standard
de Indiana el que impuso en poco tiempo el método del «craqueo», capaz de
trasmutar gasoil en gasolina. El método de craqueo había sido
desestimado por el antiguo monopolio Standard sencillamente porque los
monopolios no tienen motivos para innovar. Al cabo de unos años, el pool
de las Standards había casi multiplicado por diez sus beneficios.
Pero había sido presa de una fobia
característica del negocio petrolero. Comenzó a identificar lugares donde,
además de petróleo, no hubiesen jueces Landis, ni leyes Sherman, ni gente
obcecada con la libre competencia como Ida Tarbell. La vocación transaccional
del negocio petrolero se manifestó a los americanos bajo la forma del juicio de
liquidación de la Standard.
Allí dieron con un yacimiento
descomunal, uno de cuyos pozos tiene nombre de película de Gabriel Figueroa:
«Potrero del Llano # 4», el cual a pocos días de entrar en producción arrojaba
110.000 barriles diarios e hizo de México el segundo productor mundial de crudo
en la primera década del siglo pasado.
Pero ya lo dijo Ambrose Bierce, antes
de ser tragado por la montonera de Pancho Villa: «Un gringo en México, ¡qué
gran manera de morir!». Muy pronto vino la Primera Revolución
Zapatista y la cosa habría de ponerse turbia, muy turbia, durante las
siguientes dos décadas.
Mudaron otra vez el negocio y esta vez
el mejor indicio geofísico de que en Venezuela había petróleo fue el que la Royal Dutch Shell ya
hubiese obtenido concesiones merced intermediarios locales.
También había un dictador, pero a
diferencia de don Porfirio, Gómez
era mucho más cómodo.
Enviaron a uno de sus mejores
abogados, porque el negocio petrolero no lo empiezan los geólogos, sino los
abogados. El «abogado-sonda» de Shell había sido un trinitario; el de los
gringos era un chamo que hablaba un castellano aprendido en México (¿dónde
más?) y traía la expresa instrucción de no procurarse intermediarios. Le
ordenaron que más bien frecuentase el cubil de Gómez y se hiciese de un lote
para él mismo. Aun faltaba mucho tiempo para que Chavez llegara a aguarles la
fiesta.
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